Profesor Claudio Gutiérrez, Depto. Ciencias de la Computación, FCFM, Universidad de Chile.
Hay muchos indicios de que el conocimiento se ha convertido en un recurso fundamental en el mundo moderno. Los ideólogos del orden actual hablan de “economía del conocimiento”. El Banco Mundial propone transformarse en un “Banco del Conocimiento” reconociendo implícitamente que el conocimiento, más que el dinero, aceita la economía moderna. Incluso los tradicionalmente miopes magnates criollos comienzan también a husmearlo y compran universidades, el centro clásico por excelencia del conocimiento.
No se equivocan los dueños del mundo material en ponderar el rol que el conocimiento tiene en la constitución del poder. Lo que no han entendido –por ceguera o por conveniencia, que lo mismo da– es el carácter de éste su nuevo chiche. Esto puede apreciarse en las dificultades que enfrentan para apropiárselo y monopolizarlo. Y es que la economía del conocimiento destruye todos los paradigmas anteriores: frente a la esencial escasez y limitación de los bienes materiales, el conocimiento es abundante, ilimitado. Paradójicamente, al contrario del dinero y los bienes materiales, el conocimiento crece y se enriquece cuando se comparte. Es rebelde, no respeta cercas locales ni fronteras nacionales, y es imposible materializar su “encierro” territorial. Su valor depende fuertemente del contexto, de quien lo usa: un conjunto de bits es su interpretación. Finalmente, está íntimamente enganchado (aún) con el humano: no aparece sencillo prescindir de sus creadores.
Estamos ante un conflicto. Algunos más alarmistas hablan de la tercera guerra mundial. No es una analogía descabellada. Nuestros antepasados sufrieron las guerras por los afanes de apropiación de mercados de materias primas; luego las guerras por monopolizar fuentes de energía (particularmente vemos aún las del petróleo). Comenzamos a presenciar escaramuzas por el conocimiento. Veamos sus contendores.
Por un lado, quienes manejan el poder que les dio la apropiación del mundo material han comenzado a aplicar las mismas metodologías que desde siempre les dieron buenos resultados para defenderlo: la represión física contra quienes se oponen a su ordenamiento. Así hemos comenzado a ver la persecución de quienes se niegan a servir con sus habilidades al sistema –los hackers–; la prisión física para otros “innovadores” que no trabajan para ellos: Wikileaks, sistemas para compartir archivos (e.g. Megaupload), libros (library.nu, ifile.it), multimedia (Cuevana), etc. La policía persiguiendo e intentando encerrar bits… Acorde a ello, elaboran regulaciones ad-hoc que den un “marco legal” a sus arbitrariedades: cómo (coartar) la libertad en Internet (e.g. Ley SOPA y Acuerdo Transpacífico TPP); “estándares” de datos y software a la medida de las grandes compañías; leyes sobre derechos y libertades de reproducción de material educacional y cultural; patentes de códigos genéticos de semillas (e.g. Monsanto y el escandaloso UPOV ’91); industrias editoriales y disqueras transnacionales que adquieren los derechos sobre las creaciones, intentando “definir” nuestra cultura escrita y musical; grandes compañías que se apropian de los datos personales (Google, Facebook, etc.), abusando de la falta de información y la asimetría de poder del ciudadano medio respecto de ellos.
Por otro lado, ya nació toda una generación que explora sin prejuicios y practica con generosidad formas abiertas de generar, expresar, compartir, y difundir el conocimiento y la cultura. Desde simples usuarios que comparten información, imágenes, ideas, hasta los creadores e intelectuales que promueven el libre acceso a sus obras poniéndolas en libre circulación con licencias abiertas (e.g. archive.org, wikimedia.org). Los Gandhi de los bits. Al lado de ellos, movimientos más militantes: por derechos a la privacidad de la información; pasando por los movimientos que promueven el software libre y los datos abiertos; negocios que aprovechan las inconsistencias del sistema (Megaupload, Cuevana, etc.) hasta comunidades organizadas que lo enfrentan directamente, como Anonymous.
Se nos vienen batallas interesantes. Creadores y ciudadanos defendiendo el estatuto abierto y libre del conocimiento por un lado. Grandes monopolios, bancos, industrias “culturales” y sus gobiernos intentando apropiar y encerrar el conocimiento, por el otro. Estamos ante un tema del mismo estatus que los derechos que permiten caminar o respirar libremente. Es un derecho constitucional. Por ello es bueno que vayamos discutiendo y elaborando su formulación. La “constitución” de Pinochet/Lagos (art. 19, No. 25, último inciso) asigna a las creaciones intelectuales y artísticas “lo prescrito” para los objetos materiales. Luego, aparte de ser antidemocrática, es arcaica. Por ello, me adelanto a sugerir el tema en vistas a la nueva constitución democrática que –como todas las señales indican– nos debiéramos dar bastante pronto los chilenos. En ese momento, cuando nos toque elaborarla, no nos olvidemos: derecho a la creación; protección a los creadores. Derecho al libre acceso al conocimiento; protección a su libre circulación.

El blog Bits, Ciencia y Sociedad de la sección de Tecnología de Terra es un espacio donde académicos del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile hablarán de la Tecnología y su impacto político y social en nuestro país.