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Transantiago: una lección inolvidable

Posteado a las 10 de Marzo de 2009 - 9:38 20 comentarios
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José Miguel Piquer

Por José M. Piquer, profesor del Departamento de Cs. de la Computación, FCFM. U. de Chile.

El fracaso completo del plan de transporte público para Santiago resulta un interesante caso de estudio. Desgraciadamente no es fácil analizarlo de forma objetiva, ya que se transformó en un tema clave en la contienda política nacional. Pero por otro lado es fundamental entender bien cuál es la gran razón de su fracaso, con el fin de obtener lecciones y evitar que ocurra otra vez. En esta columna vamos a partir del supuesto que el plan fracasó por razones fundamentales y sistémicas, es decir, que no fue sólo el fracaso de un grupo político o de un presidente en particular. Esto se basa principalmente en que ninguna componente del plan funcionó de manera correcta: ni el diseño del tráfico, ni los operadores privados, ni la infraestructura pública ni la parte tecnológica.

¿Cuál fue la clave del fracaso? En mi opinión la complejidad de este plan superó con creces la capacidad que tiene el país para manejar proyectos grandes.

En Chile no sabemos planificar, y la costumbre de los profesionales es improvisar en el camino. De hecho, somos extraordinariamente buenos para eso: nada como tener un chileno cerca en una emergencia porque siempre sabrá qué hacer y nunca se asustará al no tener un plan. Por desgracia, en proyectos que integran muchos actores y tecnología, y que fueron lanzados tipo big-bang, la improvisación no sirve.

El sueño del Transantiago nos contagió a todos en su momento; imaginamos un bus tecnológico, lleno de sensores, cámaras y sistemas de posicionamiento que optimizarían el transporte público de modo de disminuir la contaminación, los riesgos y el desagrado. Resulta triste ver entonces el estado en que hoy se encuentra el sistema, y donde todos han olvidado los sueños originales.

Creo que una lección importante que debemos aprender es a no subestimar los proyectos complejos y, particularmente, su componente tecnológica. Es cierto que existen sistemas de posicionamiento funcionando en el mundo, que hay buses con cierta inteligencia y dispositivos integrados bastante sofisticados. Pero no creo que alguno de esos haya funcionado de un día para otro en un sistema completo de transporte público de una ciudad del tamaño de Santiago. También existen muchas historias de horror en el mundo sobre grandes proyectos tecnológicos fracasados: mientras más software incluyan, más probable es que fracasen.

Los expertos en software debemos aceptar que nuestro arte es aún inestable. Hemos mejorado. Pero estamos muy lejos de los estándares de la ingeniería tradicional. No debemos confundir la complejidad de una obra como un puente o carretera con un proyecto de desarrollo o interoperabilidad de varios sistemas computacionales. Es probable que en la Edad Media construir un puente era tan riesgoso como lo es hoy desarrollar un software. Simplemente nos falta mucho tiempo para tener la experiencia, sistematización y madurez que tiene la construcción civil.

Para la próxima vez que nos atrevamos a enfrentar un proyecto de este tamaño recordemos la lección: comencemos de a poco, con algunos recorridos de prueba, agregando tecnología lentamente y con un plan de despliegue asociado. Y como estamos en Chile, el plan debe ser flexible y permitir correcciones locales porque la realidad nunca será como nuestros teóricos creen que será.